Un cómplice, no un reemplazo
Tengo una pila de cuadernos llenos que nunca vuelvo a abrir. No es desorden: es que leerme es incómodo. El crítico interno siempre llega primero y siempre es el más cruel, así que la salida más barata es no volver.
El resultado es que escribo bastante y no aprendo casi nada de lo que escribo. Todo queda en el momento de escribirlo.
La tentación
La respuesta obvia con AI es pedirle que escriba por mí. Le doy la idea, me devuelve el párrafo, listo. Y funciona — ese es el problema. Es cómodo y me deja exactamente donde estaba, sin haber escrito nada.
Lo que quiero no es producir más texto. Quiero escribir mejor, que es otra cosa y se mide distinto: no en palabras por hora sino en cuántas veces vuelvo.
La otra opción
yoescritor intenta lo contrario. En vez de reemplazar esa voz incómoda, sentarse al lado de ella. Más cerca de una nota al margen que de una ventana de chat: algo que lee lo que ya escribiste y te lo devuelve de manera que puedas mirarlo sin apartar la vista.
Todavía no sé si eso se puede construir. Es la hipótesis, no la conclusión.
Pero la vara la tengo clara: si termino usándolo para escribir más rápido, fracasó. Si termino releyendo mis cuadernos, funcionó.